Detuvo el carro a un lado de la calle en la Quinta Avenida. Eran las cinco, más o menos, de una tarde húmeda. El cielo estaba gris, apretujado.
Había varios indigentes en la acera.
La hija intentaba hacerles tomas con la camarita de video porque quería hacer un documental sobre San José.
Dale, dale, apurate.
Uno de ellos se acercó. Su ropa era una mancha café, su barba y pelo también grises, enmarañados como la capital a esa hora.
¿Estás grabando?
Sí, mami, respondió en voz baja, enganchada en la garganta.
Ok.
El hombre se acercó más, serio, la mirada adusta. Era un Moisés sin tablas, pero con mandamiento.
¡Vieja hijueputa!, dijo.
Cerró la ventana lo más rápidamente que pudo, creyendo que metería la mano para asaltar su propiedad privada. Pero por una hendija de no más de una pulgada se introdujo eso que luego descubrió era un escupitajo, espeso, sin olor, transparente.
Estaba invadiendo un territorio con dueños asentados entre cajas y periódicos, en aceras y edificios derruidos; entre basura. Esa calle era una casa.
Terminó de cerrar la ventana mientras pocos de baba resbalaban por el vidrio.
Sintió miedo, su hija también.
Pensó que de inmediato vendría un manazo en la puerta, una patada, pero el hombre retrocedió y se quedó quieto, mirándola.
Arrancó el carro y temblando condujo despacio por la avenida. No quería moverse para que la escupa no le cayera en el vestido, en las piernas.
Su hija, pálida, se limpiaba el pantalón con las manos, una y otra vez.
Intentó lavar la saliva con el chorrito del parabrisas que siempre se escurría a un lado cayendo en la ventana del chófer. No lo logró.
Y la escupa seguía ahí en su cabeza, densa, sin moverse.
Sintió asco.
